Albert Boone, el primer ingeniero astronauta enviado a La Luna, y a quien se debía la construcción de la cabina atmosférica instalada en el Océano de las Tempestades, que era un desierto ilimitado en medio de la vasta soledad de la luna.
Estaban en plena noche lunar.
A través de las ventanas de cristal irrompible, el cielo se ofrecía a los exploradores norteamericanos como una bóveda rutilante de puntos luminosos, trazos ígneos, gemas fluctuantes.
A unos diez metros de la cabina estaba posado el módulo lunar empleado para la exploración, llegada y salida a la base, en cuya parte trasera se encontraba el hangar, falto de aire, donde se guardaba el tanqueoruga utilizado para las exploraciones sobre el rugoso suelo lunar, que les había dado más de un susto.